Esto ya se veía venir. Era el desenlace esperado de una larga crisis económica que se prolonga demasiado en el tiempo. En la arqueología urbana el trabajo escasea y no importa coger cualquier cosa al precio que sea: bastaría para algunos con una caña y un bocadillo de jamón, mejor de mortadela de aceitunas que es más barata, para seguir rindiendo pleitesía al cacique de siempre, al empresario arqueólogo que años atrás se forró a manos llenas y que ahora juega a deshojar la margarita con sus extrabajadores, porque hay mucha oferta de mano de obra y pocos tajos en los que colocarlos. Ahora hay que ser más simpático y más adulador, porque el empresario arqueólogo no busca buenos trabajadores, los quiere fieles y con una máxima clara, muy del gusto de la antigua educación infantil: oír, ver y callar.
En este juego de silencio, de autoflagelación y de autocensura están cayendo aquellos que trabajan a cualquier precio. Pero no deben olvidar que siempre habrá otro que pueda hacerlo aún más barato y con una sonrisa más placentera. Entonces se crisparán y criticarán ferozmente al que le quitó su puesto. Está todo inventado. Ahora toca apretar las clavijas, hablar mucho de la necesaria reforma laboral y forzar algo más, si es que eso es ya posible, las condiciones precarias en las que se trabajaba antes de la crisis. El camino de la precariedad no tiene fin si hay alguien dispuesto a agachar aún más la cabeza: y en el club de los 4,5 millones de parados seguro que hay muchos dispuestos. Adelante libremente con su proceso de esclavización si es lo que desean, pero sin llantos ni lamentos. Los esclavos trabajan, no se quejan en las tabernas.
En este proceso están atrapados por voluntad propia muchos arqueólogos y operarios. Pero hay que recordarles que el camino de precariedad sin límites en momentos de crisis es un camino sin retorno. ¿Se le ocurrirá a alguien reivindicar el Convenio de la Construcción para los operarios? ¿Alguien osará pedir los honorarios profesionales del Colegio de Arqueólogos?
Bocadillo de mortadela y caña de cerveza: es un precio justo, ¿verdad? ¿Quién da menos?


